martes, 17 de noviembre de 2015

[[Dilema del Erizo]] ; [[Dorian Gray]]

Dilema del Erizo

Herirse o morir de frio, esa es la cuestión!!!





Me pregunto cuántas veces en la vida hemos sentido ese frio de la soledad que nos perfora el alma y nos hace perder la fe en el amor y en la vida.
Justo en ese momento en el que creemos que vamos a morir congelados por el hielo del miedo, de la tristeza, del desamparo; aparece alguien que tiembla de frio igual que nosotros, a quien le urge un abrazo, una sonrisa cálida, una palabra dulce.
El primer deseo que nos embarga es el de fundirnos en ese abrazo eterno que derrita con su fuego las tristezas, las frustraciones, los miedos y las angustias que llevamos en el equipaje, pero al detallar en el otro, le vemos las heridas que aún sangran, un par de cicatrices y las espinas que tiene para protegerse.  Inmediatamente nos percatamos que son muy parecidas a las nuestras, que estamos frenados por alguna herida dolorosa que traemos  adherida a la espalda, y entonces en un acto de protección casi instintivo empuñamos las manos  para evitar extender los brazos, volvemos sobre nuestros pasos en dirección al miedo, lugar que conocemos a ojos cerrados  y mientras caminamos vamos pensando que al alejarnos moriremos de frio.

Nos viene entonces a la mente una mejor idea: ir cautelosamente tras el amor, acercarnos  a una distancia prudencial, de tal manera que nos dé cierto calor, pero que a su vez evite que nos pinchemos con nuestras respectivas espinas, de esta forma no moriremos congelados y  heridos.
Me pregunto otra cosa:  Para qué sirve un amor tibio, medido, que no nos atraviese como una espada que no nos haga sentir que perdemos el aliento, que no nos permita abrazos prolongados donde fundirnos de pasión ?

Las tibiezas son aburridas, dolorosas y agonizantes. Amar con distancias planificadas para evitar el dolor es una forma simple y estúpida de amar.

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Con todo respeto, yo no resolvería el Dilema del Erizo como lo hizo Schopenhauer.
Yo, una mortal del montón me abrazaría a las espinas  y en un soberbio grito de dolor ahogaría mis miedos.

Yo prefiero la herida de amor antes que tener el corazón helado.





Dorian Gray

El retrato de Dorian Gray es una novela que he leído varias veces en diversas etapas de mi vida y es  curioso darme cuenta que en todas ellas  he tenido reflexiones diferentes.




La primera vez que la leí, para  mi Dorian era un pobre joven inocente que se dejó atrapar por un tipo perverso,  superficial y libertino;  por ese entonces  yo era un jovencita simplona que todo lo veía en blanco y negro; la cosa era simple: Dorian inocente, Lord Henry   culpable.

La segunda vez Dorian me pareció un joven inquieto, ávido por  vivir experiencias nuevas, con ganas de devorarse al mundo, con la belleza propia de la juventud;  lo sedujo la visión placentera de la vida que le fue presentada por Lord Henry,  sucumbió ante la posibilidad de ser joven y bello por siempre; esta vez yo, menos jovencita , con un par de fracasos a cuestas, con el chip del miedo al futuro instalado , miré a Dorian con indulgencia y me cuestioné lo que yo haría en su lugar , incluso me atrevería a decir que  Lord Henry  me resultó interesante , lo cual hace notar que cierta dosis de perversidad ya había invadido mi corazón .

La tercera vez  fue el año pasado,  en este lugar intermedio en el que creo estar, donde no me siento ni joven ni vieja , ni santa ni puta, ni bonita ni fea , ni inteligente ni bruta; desde este lugar observé a Dorian con tristeza , como un hombre perdido en un cuerpo que no coincidía con su alma, escondiendo miserias, cometiendo errores y al final de camino intentando inútilmente reparar los daños, pero ni siquiera mi admirado Oscar Wilde pudo evitar que su amado Dorian Gray  pagará la factura que la vida le pasó.

Dorian, terminó hundiéndose en sus miserias por no aceptar con entereza el peso y el paso de los años.


Cuántas veces hemos dormido una que otra siesta en el regazo de la superficialidad, soñando con riquezas, poder, belleza y acceso a todos los placeres, nos hemos perdido hasta olvidar que en el sótano de nuestra casa aguarda agazapado ese retrato que se afea  y  se envejece  por nosotros,  y al que  inexorablemente nos enfrentaremos  al final del camino.


Paula Torregroza Pérez

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